
Al despertar de nuevo, vio su maleta preparada a un costado de la cama. Se hizo la dormida y esperó a que su madre bajara a la cocina. Se levantó, volvió a meterlo todo en los cajones y salió al baño, como si nada hubiera pasado. Escuchó a su padre subir las escaleras y cerró la puerta del baño para evitar mirarle fijamente. El se quedó parado detrás de ella. Lyla notó su sombra. Siguió caminando, sin decir absolutamente nada. Se escuchó el ruido de los cajones, pero no de su habitación, si no de la de sus padres. Salió del baño y se dirigió de nuevo a su cuarto. Pero su padre se asomó y la llamó. Al entrar en la habitación vio como su padre estaba preparando unas maletas también para él.
-¿Qué pasa?¿Nos vamos de viaje?- su voz continuaba débil, temblorosa.
- No, me voy de casa. Tu madre y yo nos vamos a separar.
Sorprendentemente, a la niña la noticia ni le inmutó. Se quedó allí, parada. No entendía que tenía que ver todo eso con su problema, con ella.
- ¿Es por mi culpa?
- No, claro que no. Es algo que tu madre y yo deberíamos haber hecho hace mucho tiempo. No tiene nada que ver contigo.
Se quedó en silencio, mirando a su padre, contemplando su cara de dolor. Y de golpe, se derrumbó.
- ¿Crees que me ayudáis a superarlo con esto?¡¡¡Sois unos egoístas!!! ¿Nunca me vais a dejar vivir tranquila?- gritó ante la mirada perpleja de su padre.
- O sea, ¿Admites que tienes un problema?- apareció su madre por detrás.
- No hablo contigo.
Tras un pequeño segundo reflexionando cayó en la cuenta. Le habían tendido una trampa para que lo admitiera, y ella había caído como una principiante. Sintió tal frustración que empujó a su madre con rabia, gastando las últimas fuerzas que le quedaban, y se desplomó en sus brazos. Todo había acabado. Se había rendido...
Continuará...